Titulada
Bush y Napoleón, es de veras muy buena la
nota del historiador Richard Bullet que se publicó ayer en La Nación. Allí analiza el rol histórico que para medio oriente cupo a ambos gobernantes. Napoleón la intentó, pero frustrado, desistió de la ambiciosa empresa que se había propuesto -nada menos que paralizar el comercio inglés y conquistar la India-. En cuanto supo de la incapacidad para lidiar con el escenario a mediano plazo, partió de regreso para seguir jugando un papel más importante en la concatenada sucesión de guerras que terminarían llevando su nombre. Diferencias aparte -las hay y muchas-, para Bullet, en lo que hay asimilable, se acabó el tiempo de Bush en Iraq.
Vale repasar los propósitos, expectativas y finalmente frustraciones de Napoleón en aquél entonces, al emprender la expedición a Egipto. Para hacerlo me ayudo con la soberbia biografía (
Napoleón, ed. Vergara, 1988) escrita hace 35 años por el historiador galés Vincent Cronin, en particular con el décimo capítulo ("Allende las pirámides").
En Francia la idea de invadir Egipto no era novedosa y revivió como una alternativa menos peligrosa a la invasión a Inglaterra, más cerca pero por otra parte mejor protegida por la armada real de fama bien ganada. Con la conquista de Egipto se cortaría el tráfico de Gran Bretaña con la joya de la corona, India, con intención de recuperarla para Francia luego que le fuera despojada en la guerra de los 7 años (1756-63) merced a la astucia del
major general Robert Clive.
Esta idea, que ya habia estado circulando en los pasillos del poder desde hacía décadas, cautivó a Napoleón en la campaña en Italia durante los lapsos en que rememoraba la importancia histórica de Egipto para la península: en la época de Roma, como colonia y granero del Imperio; en el medioevo, como fuente de riqueza para el comercio veneciano.
El dictamen favorable de 1777 del entonces ministro de relaciones exteriores De Tott, como el del actual, Talleyrand, dispuso positivamente a Napoleón para pedir la autorización de la campaña al directorio, que al concederle plenos poderes posiblemente buscara apartar a la creciente figura del general corso de la política local.
Entre los propósitos de Napoleón estaba el de remover del poder a los mamelucos, la casta gobernante de Egipto, ubicando en su reemplazo una administración de tipo colonial. Apenas un aspecto de la actitud frente Egipto, la nueva política se completaría con el intercambio entre mundos, donde Francia ocuparía el papel civilizador. Se aprendería sobre la rica y desconocida historia del Nilo, mientras se intentaría por todos los medios "mejorar la suerte de los nativos Egipto", como decía la carta del directorio con las instrucciones de Napoleón, redactada por él mismo. Para lograrlo se pondría a disposición de los egipcios los más modernos conocimientos médicos, científicos y tecnológicos. Ha de tenerse presente que Napoleón se consideraba un hombre de la Ilustración. El atraso de esta primitiva población, la mayor parte de la cual nunca había visto un médico, no era de carácter teológico, como pensarían siglos antes los evangelizadores, sino técnico-científico. Para estudiar la problemática egipcia y devolverle respuestas, llevó consigo un contingente de estudiosos -eruditos, científicos y artistas, entre quienes había naturistas, físicos, cronistas, dibujantes, poetas-, en total 150 civiles, con cuyo aporte trató de borrar la triste imagen de la revolución, cuando Coffinhal guillotinó a Lavoisier en 1794, con la excusa de que "La república no necesita científicos".
Sin disparar un tiro Napoleón conquistó la isla de Malta, a cargo de los caballeros de la orden de San Juan que terminaron cediendo la plaza fuerte ante los sobornos. Llegado a la costa de Egipto, con un rápido desembarco nocturno sorprendió a la guarnición de Alejandría, vencida al cabo de unas horas. Una vez capturada la ciudad, Napoleón liberó inmediatamente a los esclavos e indemnizó a los habitantes cuyas casas habían sufrido daños durante el ataque.
Después de la espectacular victoria en la batalla de las pirámides -monumento de 40 siglos que contemplaba a los soldados franceses, como avivó Napoleón a los suyos en la arenga preliminar-, entró a El Cairo y comprobó en persona la pobreza de la ciudad, a la manera de "ejemplo destacado de los efectos negativos de realeza ausentista y el gobierno de una clase de origen extranjero".
Por fuera de algunas hermosas mezquitas y palacios mamelucos, allí vio que "el Cairo era una gran colección de choazas y mercados que tenían poco que vender, salvo calabazas y dátiles comidos por las moscas, queso de camello y un pan delgado e insípido, parecido a los panqueques secos". Comprendió una vez más que en Egipto estaba
para libertar, enseñar, promover. Instalado desde un palacio mameluco, declaró terminado el dominio turco y conformó un gobierno municipal con 9 jeques asesorados por un comisionado francés. Persiguió a los mamelucos en retirada por el Sinai; tras derrotarlos, repartió entre los oficiales los tesoros y joyas que llevaban.
Las malas noticias llegan cuando el almirante Nelson hunde la flota fondeada en la bahía de Abukir, momento a partir del cual, como resultado del hundimiento de 14 de los 17 barcos, queda varado Napoleón con sus 55.000 hombres. Tomó el infortunio con calma, y sabiendo que se quedaría un buen tiempo, investido en carácter de comandante en jefe del ejército de ocupación delineó el nuevo sistema de gobierno: creó un cuerpo consultivo de 189 egipcios prominentes, en la creencia de que dicho órgano "acostumbraría a los egipcios notables a usar las ideas de asamblea y gobierno". En las 14 provincias se crearon divanes de hasta 9 egipcios, siempre asesorados por un civil francés. Tenían por función atender el servicio de policía, los suministros de alimentos y los servicios sanitarios.
La ocupación francesa arrimó al lugar algún grado de desarrollo:
Mediante una serie de decretos Napoleón creó el primer sistema postal regular de Egipto, y un servicio de diligencias entre El Cairo y Alejandría. Instaló las primeras lámparas en El Cairo, separadas por una distancia de diez metros en las calles principales. Comenzó los trabajos de un hospital de 300 camas para los carenciados. Organizó cuatro estaciones de cuarentena para controlar uno de los azotes de Egipto, es decir la peste bubónica. Había llevado consigo un juego de tipos arábigos -requisado a una organización papal, la Propagación de la Fe- y con él produjo los primeros libros impresos de Egipto: no catecismos, sino una explicación de la oftálmica, y manuales acerca del modo de tratar la peste bubónica y la viruela.
Cierto acercamiento del general a la doctrina del Islam tuvo por finalidad crear en los musulmanes el convencimiento de que ambas religiones eran esencialmente compatibles. Se dice que con sinceridad Napoleón atribuía a Alá los éxitos franceses, así como afirmaba ser el hombre enviado por el Todopoderoso para expulsar a los turcos y a sus secuaces los mamelucos. El conato de sincretismo no avanzó mucho más lejos, pues los líderes religiosos se negaron a reconocer a los franceses como auténticos musulmanes si éstos no se sometían a la circuncisión y renunciaban al vino. Un compromiso que dejara contentos a todos era difícil de conciliar, pero medianamente se alcanzó al declarar Napoleón que seguiría protegiendo al Islam, al tiempo que los muftís lo consideraron mensajero de Dios y amigo del Profeta.
Una política de tolerancia religiosa le permitió gobernar pacíficamente el país. Cuando hubo un levantamiento impulsado por fanáticos religiosos, lo sofocó, condenó a muerte a sus jefes y el evento no se reiteró.
Napoleón buscaba ganarse el respeto y simpatía de los lugareños invirtiendo en gestos que lo hicieran ver como un hombre enérgico, disciplinado y meticuloso. En una ocasión algunos soldados franceses robaron dátiles de un huerto privado. No volvió a ocurrir: no fueron azotados ni encerrados, sino avergonzados: Napoleón ordenó que los responsables "Dos veces por día caminarán alrededor del campamento con el uniforme al revés, llevando los dátiles y un cartel con la palabra 'Saqueador'". Daba ante los locales la impresión de preocuparse por la justicia más que los otomanos o los mamelucos.
Entre los trabajos de investigación en diversos campos, el más señero estuvo marcado por el descubrimiento de la jeroglífica Piedra rosetta y su decodificación por el filólogo Champollion, proyecto que, puede decirse, inauguró la disciplina de la egiptología y abrió las puertas a un pasado hasta el momento arcano. Los lugareños se henchían de orgullo al conocer sobre el pasado glorioso de su pueblo.
Para estar aislado en una geografía dura, remota y atrasada, en octubre de 1798 Napoleón podía sentirse satisfecho con la labor realizada en los 4 meses de ocupación. Mientras continuaba gobernando y desarrollando el país, entretenía a la tropa con conciertos, representaciones teatrales y cacerías de avestruces.
Sin embargo, la mística de la incomunicación se rompió a partir de anoticiarse Napoleón de la infidelidad de su esposa en Paris, secreto a voces éste, que por supuesto lo tuvo a él como último enterado.
Mucho más relevantes que la prominencia emergente de la frente del corso a instancia de Josefina y el dandi Hippolyte Charles, eran las novedades militares. El imperio otomano declaró la guerra a Francia y movilizó fuerzas para reconquistar Egipto. Adelantándose, Napoleón interceptó y venció a los otomanos en Palestina. Intentó sin éxito tomar la ciudad portuaria de Acre. Cuando se desató la peste, y al enterarse del embarque en Rodas de otro ejército turco con dirección a Egipto, emprendió el regreso a tiempo para batirlos nuevamente en Abukir, dentro de la porción terrestre de la bahía en que el año anterior había sido diezmada la flota francesa.
Los talentos de Napoleón eran requeridos en Europa, adónde lo forzaron a regresar una serie de reveses militares de Francia en la guerra de la segunda coalición, que además de Gran Bretaña y el imperio otomano, ahora quedaba enfrentada contra Austria y Rusia, mientras Italia y Suiza se salían del control francés. Catorce meses después de pisar Egipto por primera vez, partió para no volver. El ejército francés sufrió derrotas a manos turcas y británicos, y apenas regresó -junto a los enviados civiles- en 1801 vía negociación diplomática.
Egipto siguió su camino semi-independiente liderado por Mehmet Alí, un albanés sobreviviente de Abukir que mantendría lazos favorables con su ex-enemigo Francia y en lo sucesivo se rebelaría en numerosas oportunidades contra el poder otomano.
En el espíritu enciclopedista que movilizó al máximo responsable, quede a modo de conclusión la obra escrita sobre las investigaciones realizadas en Egipto:
Cuando volvieron a Francia, Napoleón nuevamente les otorgó su protección y los puso a trabajar en la compilación de la crónica más suntuosa y detallada de un país extranjero que se hubiera elaborado hasta ese momento: la description de l'Egypte. En diez volúmenes in-folio, bellamente ilustrados, que abordaban todos los temas, de las antigüedades a la zoologia, Napoleón reveló al mundo los descubrimientos realizados por el Institut d'Egypte, y de hecho todo lo que valía la pena saber acerca del pasado y presente de Egipto. Más que las banderas turcas capturadas en el monte Tabor y Abukir, estos libros fueron los trofeos de su campaña egipcia.