martes, enero 24, 2006

La singularidad holandesa

Pongo unas reflexiones que escribí hace un año y medio sobre Holanda, en vísperas a un viaje que realicé luego.

Rompiendo el molde

No resultaría muy arriesgado aseverar que Holanda, al igual que gran parte de Europa, “rompió el molde” al salir del feudalismo.
Este cambio significó una centralización del poder y construcción del Estado nacional moderno. Mientras que para algunos territorios fue una simple formalidad, otros cambiaron estructuralmente a tal punto de obtener una ventaja inalcanzable sobre sus contrapartes.
Si bien estos procesos datan de aproximadamente el siglo XIV, el mundo siguió luchando contra sus viejos fantasmas hasta bien entrada la Revolución Industrial. La excepción a la regla fue sin duda Holanda (nombre de una provincia con la que denotaremos al conjunto de Nederland o Países Bajos) y al estudio de su prematura prosperidad nos abocaremos.
Dominados por España, los holandeses sólo pudieron sacar una ventaja decisiva cuando se diferenciaron claramente de su matriz. En tanto España estaba sumida en lo más duro de la inquisición, el absolutismo y el mercantilismo, Holanda para el siglo XVI florecía gracias a un régimen que le permitió encarar sus desafíos y trascender su época.

Trabajadores por excelencia

Previo a que Holanda se consagrase en emporio comercial mediante su pujante marina, el desarrollo de herramientas técnicas clave le otorgó una posición digna de destacar.
Ya antes de concluir el siglo XVI se convirtieron en los proveedores por excelencia de cartas geográficas e instrumentos de navegación, en su momento la mayor demanda que los intrépidos navegantes y exploradores de todo Europa necesitaban cubrir.
Por ejemplo, en 1585 Lucas Janszoon Waghearen publica “Spiegel der Zeevaart”, un manual de navegación con varios mapas que es traducido a los idiomas más importantes, con la excepción del español, al que no era muy común pasar en aquella época. El pintoresco libro, ilustraba en sus cartas tanto veleros como monstruos marinos. Más allá de esa curiosidad, no se puede pasar por alto otra más importante: Es descriptivo que el libro Spiegel (espejo) se publicara en Inglaterra en 1588, año de la destrucción de la Armada Invencible de Felipe II.
La manufactura, incipiente en Inglaterra y casi inexistente en otros países, sirvió a Holanda para proveer a Europa de preciados instrumentos ópticos y de navegación.
Su marina mercante adquiere tal desarrollo que le permite tomar la delantera en lo que sería el equivalente a la carrera espacial de nuestro siglo.
Las fechas hablan por sí solas:
En 1584 empieza a comerciar con Rusia. En 1595 colonizan islas en el sudeste Asiático. En 1602 se funda la Compañía de Indias Orientales (VOC) y en 1622 la Compañía de Indias Occidentales (WIC). En 1609 traen por primera vez a Europa té desde China. En 1612 se asientan en la isla de Manhattan y fundan Nueva Ámsterdam, 8 años antes de que llegara el barco Mayflower con colonos Ingleses. Por esta época también colonizan el Caribe y entran en Brasil.
Su interés por la náutica se manifiesta también en las artes. Por el siglo XVI y XVII los holandeses eran los únicos que se preocupaban por recrear veleros en pinturas, y los ingleses que los imitaron, sólo a partir del siglo XVIII, aprendieron el oficio de sus maestros neerlandeses.
Para 1625, la capacidad de carga de los barcos holandeses supera a la de todos los demás países europeos combinados. Este dato da cuenta de la importancia del comercio para un pequeño territorio que por su parte no contaba con grandes recursos naturales ni que tampoco traducía sus ganancias en suntuosas inversiones militares, sino más bien en la prosperidad de sus individuos. Daban preferencia a Mercurio frente a Marte.
Esta filosofía, que no obstante proporcionar a sus habitantes de la mayor libertad y calidad de vida, así como a sus clientes y proveedores de servicios y remuneraciones hasta entonces inexistentes, determinó más adelante la derrota militar holandesa frente a Estados con nociones de fuerza más preconizadas.
Daniel Defoe definía a los holandeses como a “los intermediarios en el comercio, los agentes y cambistas de Europa... Compran para volver a vender, reciben para despachar, y la mayor parte de su vasto comercio consiste en ser proveídos de todas partes para poder proveer nuevamente al mundo”. Estas palabras, escritas en 1728, y sin tener una visión sobre los servicios tan acabada como la actual, muestran el sentido pragmático,
-a la sazón inédito- que orienta a las acciones de los sujetos.

Buscando una explicación

¿A qué se le puede atribuir esta enorme prosperidad? Ante todo habría que aclarar que no hay una causa, sino varias, y el orden y la situación en la que se dieron es fundamental. Se puede hablar de una conjunción de ideas correctas que se dieron en el momento indicado. O quizás las ideas correctas siempre sean las mismas y el momento para aplicarlas siempre sea adecuado. Ciertamente por eso podríamos tomar la república holandesa de 1559-1750 como un ejemplo a seguir –aún al día de hoy, salvando las diferencias-, y vemos que así lo sintieron los ingleses en 1688 al finalmente deshacerse del modelo absolutista de los Estuardo así como del libertinaje de los Puritanos más pasionales.
Primero, se debe tener en cuenta la permanente lucha de los holandeses contra uno de los mayores colosos de la naturaleza: el mar. La geografía del paraje neerlandés presenta una rudeza a la que solo se puede sobrevivir mediante arduo trabajo.
No sería anacrónico afirmar que holandés todavía lucha contra el agua.
En segundo lugar, el surgimiento de la república holandesa (o República de las 7 Provincias Unidas) se vio como una respuesta fáctica a todo aquello que no querían.
Sin utopías ni meros eufemismos, sino con el sentido práctico que los caracterizaba. Éste fue clave a la hora de desvincularse de la tiranía española, en 1579. Los ingleses repetirían un proceso parecido en 1688, mientras los norteamericanos protagonizaban el suyo en 1776. Esta racha de acontecimientos insólitos y transgresores separados por aproximadamente 100 años se cortó en 1853 con la sanción de la Constitución Argentina. Curiosidades aparte, cabe destacar que en cualquiera de los cuatro procesos se buscó reemplazar al poder arbitrario y opresivo del gobernante no por otro gobernante, sino más bien cambiar de raíz al sistema para impedir que un gobernante pudiera transformarse en arbitrario y opresivo al concentrar el poder público.
El simple hecho de tener afianzado (no siempre perfectamente, pero de manera consolidada) el respeto a los derechos individuales, fue determinante para el progreso de estos países, que se adelantaron décadas en su tiempo.
En tercer lugar, a la hora de seguir analizando este cambio histórico, debe hacerse una observación sobre la religión. La importancia que se le da protestantismo en el surgimiento del capitalismo puede ser exagerada por algunos y minimizada por otros, pero se la debe tener en cuenta como posible factor. No hace falta reproducir la tesis de Max Weber, pero si hacer algunos comentarios: Tras la Reforma, en la mayoría de los países protestantes se dio una interpretación a la Biblia que determinaba sobremanera la vida cotidiana, incluyendo la política y la economía. Así se encontraron compatibilidades entre los principios cristianos y liberales. Estas coincidencias le otorgaron enorme sustento ideológico a los practicantes. Simplificada, la idea calvinista afirma que el hombre a priori no conoce su destino, pero tiene un llamado y la manera de alcanzarlo es logrando el éxito terrenal, traducido en la prosperidad económica individual. Según Weber, el énfasis en la sobriedad, racionalidad económica, conducta correcta y la dedicación al propio llamado, traía como efecto colateral la acumulación y la inversión. En Holanda este efecto se vislumbró hasta en los gobernantes. Los príncipes de Orange preferían vivir en ´casas grandes` más que en palacios. El Gran Pensionado Johan DeWitt no tenía séquito alguno y prefería caminar a usar lujosas carrozas.
Conviene reiterar que no hace falta tomar esta teoría como explicación única. En la historia han existido espacios reducidos en donde la economía libre se desarrolló e influyó más allá de sus límites. Algunas instituciones que hicieron posible el capitalismo provienen de la península itálica, como el caso del contrato (romano), seguro de ultramar (genovés), los registros contables y la banca moderna (florentinos). Argentina en el siglo XIX, y más recientemente Irlanda y España son otros contraejemplos que muestran al protestantismo como elemento accesorio, no indispensable, así como la compatibilidad entre el ethos liberal y el católico.
De todas maneras no se puede dejar de reconocer la importancia del calvinismo, cuya concepción del individuo (creado a imagen y semejanza de Dios) puede haber sido vital.
Con el respeto al individuo vino el respeto a la propiedad, entendida como una extensión de la persona (razón por la que cual no se la nombra expresamente en el Bill of rights americano). El respeto a la propiedad no sólo es una condición sine qua non para el desarrollo del capitalismo, sino del mismo individuo. No por otro motivo la cultura y el arte han florecido en los países libres como no en otros.

La tasa de interés como índice de confianza y seguridad

Más allá de la dignidad del individuo, se pueden encontrar importantes virtudes que explican el auge de Holanda. La libertad económica se vio promovida por la tasas de interés más bajas de toda Europa. En el siglo XV cayeron del 14% al 5%, para llegar al 3% en el siglo XVI. Los ingleses, cuya tasa era el doble miraban atónitos al continente en búsqueda de una explicación. La realidad era que, por más que los gobiernos pueden manejar la tasa de interés a través del banco central, estos cambios suelen desacomodar la economía y crear desajustes todavía más perniciosos. La tasa de interés excede a un simple valor nominal. La verdadera tasa está determinada por la confiabilidad y seguridad jurídica, y en el caso de Holanda eran óptimas. Donde el gobernante haga cualquier cosa menos hacer respetar los contratos y proteger a la ciudadanía contra aquellos que corrompen la ley, la gente preferirá consumir inmediatamente su capital o enviarlo a otro país. Por el contrario, la sociedad que enaltezca la racionalidad económica, auto-gobierno, trabajo duro, y el gobierno cumpla su función de proteger a los ciudadanos ante quienes infligen las leyes o incumplen los contratos, habrá en general menor riesgo de prestar dinero. Los holandeses tenían en claro esto y cuando España dejó de ser una amenaza en la mitad de siglo XVII, los hombres de negocios jugaron un rol fundamental en los consejos. Las disputas se solucionaban racional y pacíficamente en un marco legal. Era una sociedad así la que permitía tener una tasa de interés tan baja y captar inversiones para convertirse en el mayor poder económico de su época.
No es de extrañar que, aún cuando el poderío naval holandés disminuyó sensiblemente tras serios reveses militares (a mediados del siglo XVIII contaba con apenas 30 barcos de guerra) y se contrajo el comercio con sus colonias, continuaba siendo el mayor centro bancario de Europa, manejando más recursos que Londres y Zurich. Los banqueros holandeses obraban con prudencia, sin comprometerse en especulaciones, y preferían invertir en la instalación de industrias en el extranjero, la plantación de cultivos en las colonias, las compañías de seguros u otorgar émpresitos a otras potencias europeas. Todo este negocio se terminó con el advenimiento de la Revolución Francesa y posteriormente las Guerras Napoleónicas, con lo que Holanda decayó profundamente en el siglo XIX.

Libertad

A la hora de buscar motivos para independizarse de España, los holandeses no tuvieron que hundirse en complicados argumentos o excusas estériles. Lo único que buscaba el habitante común era libertad, y los líderes de su era supieron explotar esta demanda a favor de la independencia. Guillermo I el Silencioso (1533-1584) justificaba el derecho a levantarse en armas contra la dominación legítima dado que –según él- el rey español había violado ´la libertad y los privilegios` de las provincias, pero también la libertad de los ciudadanos, que habían disfrutado desde ´tiempos ancestrales`. La idea de la libertad se encarnó tan vigorosamente que ningún bloque ideológico posterior la pudo ultimar.
Una de los más populares postulados publicados por el gobierno republicano fue el llamado Edicto perpetuo de 1667, que suprimía el régimen estatúder, como requisito necesario para “salvaguardar la Vryheit” (libertad).
Romeyn De Hooghe (1645-1708), gran artista y hombre de confianza de Guillermo III de Orange (1650-1702), publicó en 1706 el Spiegel van staat, en donde describe a las Provincias Unidas como “la república más libre y segura en donde vivir de todas las conocidas en el mundo”. Por entonces no había muchas repúblicas y menos todavía estados con libertad establecida y garantizada, pero sus palabras deben haber resonado.
El jurista Hugo Grocio (1588-1625) señaló que la clave del límite al poder en Holanda radicaba en su capacidad de auto-gobierno. Establecía una cadena de dependencias de cuya conclusión lógica se infiere la enorme responsabilidad del individuo en la sociedad.
La secuencia se disponía así: Aquel que no sepa gobernar un reino, difícilmente pueda gobernar una provincia. Tampoco sabrá ordenar una ciudad, y consecuentemente tampoco podrá regular una villa. Asimismo, quien no sepa regular una villa no podrá guiar a su familia, y por ende tampoco podrá gobernarse a si mismo. Grocio entendía que hay otros gobiernos además del civil –familiar, personal, religioso- y que cuando estos auto-gobiernos son poderosos, se forma una barrera casi inquebrantable frente al poder público.
Holanda se convirtió además del lugar más rico en la sociedad más libre y tolerante.
¿Será esto una mera coincidencia?
Era la única que trataba a los judíos por igual, lo cual devino en una gran afluencia inmigratoria, especialmente desde Portugal.
La tortura, caza y la ejecución de brujas cesó un siglo antes que en cualquier otro lugar, incluyendo Inglaterra. Esto hace a la historia de Holanda mucho menos sangrienta que la de sus vecinos.
Sólo se vería una libertad religiosa superior a la gozada en Holanda siglos después en Estados Unidos. No obstante la Iglesia Católica era vigilada con recelo. Los protestantes de Bélgica (en dominio español) y Francia huían de a cientos a Ámsterdam, Rótterdam, La Haya o cualquier ciudad neerlandesa que los cobijara. Tal vez los refugiados más famosos fueron los Pilgrim fathers, que luego partirían hacia Norteamérica. No porque en Holanda gozaran de menos libertad, sino porque temían que sus hijos fueran más holandeses que ingleses.
En un momento llegaron a haber más de 40 iglesias inglesas en Holanda, donde servían 350 ministros ingleses y escoceses. Paradójicamente, cuando los puritanos regresaron a Inglaterra con el ascenso de Cromwell, fueron los anglicanos los que se exiliaron en Holanda.
En la Universidad de Leiden estudiaron 950 alumnos ingleses entre 1575 y 1675. Por ende, mientras en Inglaterra la Guerra Civil dividía al país, Holanda albergaba y educaba a integrantes de ambas facciones. Adicionalmente el clima de tolerancia favoreció la instalación de imprentas para la publicación y exportación (secreta) de libros que en otros lugares se consideraban controvertidos.
Hasta John Locke (1632-1704) encontró refugio en Holanda, donde el libre intercambio de ideas, en especial con los refugiados Huguenot de Francia y la disponibilidad de vastas bibliotecas lo hicieron el gran filósofo que fue. También gozaron de esta libertad René Descartes (1556-1660) -que comentaba: “Es el lugar donde uno puede disfrutar una total libertad”- y Baruch Spinoza (1632-1677). Éste último, un filósofo judío excomulgado y de ascendencia portuguesa, describió la Ámsterdam de su época con palabras inmejorables: “Es una ciudad cuyo disfrute de la libertad la ha hecho grandiosa y admirada por todo el mundo...En este Estado floreciente, esta ciudad sin un noble, hombres de todas razas y sectas viven en la mayor de las armonías”.
Voltaire (1694-1778) encontró en Holanda refugio para uno de sus tantos exilios.
En 1685 había tantos inmigrantes en los Países Bajos, que un observador francés calculó que ellos conformaban la mitad de la población de la provincia de Holanda. Incluso Adam Smith (1723-1790) le dedicó algunas palabras en su Riqueza de las naciones publicado en 1776. Si bien para aquella época el esplendor holandés estaba menguando, todavía tenía suficiente libertad como para ser citada hacia los lectores británicos: “Aunque hay en Europa algunas ciudades que en algunos aspectos merecen el nombre de puertos libres, no hay ningún país [en su totalidad] que lo merezca. Holanda, quizás se acerque a este carácter, aunque todavía de manera remota; y Holanda, hay que reconocer, no deriva sólo su riqueza, sino gran parte de su necesaria subsistencia, del comercio exterior”. Smith también elogiaba la tasa de interés, los salarios (entre los mejores de Europa), y las inversiones holandesas en Inglaterra y Francia. También le sorprendía como los comerciantes holandeses transaban sus bienes a menor ganancia que los ingleses, lo que generaba mayor flujo y dinámica en la variación de existencias. A lo largo de todo el libro, a la vez que retorna a Florencia y Génova, no deja de retomar a Holanda como ejemplo a seguir. Si hoy viviera, Smith probablemente no vacilaría en buscar coincidencias entre Holanda y Hong Kong.

Innovación

Se puede hablar de una globalización en la Edad Moderna cuyo teatro principal era el noroeste de Europa, centrado en los Países Bajos. Sus ciudades se las conoce como puertos que recibían y despachaban bienes, pero también profesionalizaron el arte de guardarlos. Básicamente disponían del mayor reservorio mundial de bienes primarios provenientes de todas las latitudes. A su vez contaban con la información sobre ellos, la técnica para guardarlos y procesarlos, métodos para clasificarlos y probarlos (el control de calidad para algunos ya era una exigencia) y maneras de publicitarlos y negociarlos. Tan avanzadas eran las técnicas y servicios holandeses que hasta sus enemigos como Luis XIV y Colbert los requerían y trataban de imitar. Es conocido el caso de Pedro el Grande de Rusia, que buscando modernizar su país visitó varias veces los Países Bajos e intentó acaparar la mayor cantidad de información posible sobre: construcción de barcos, compuertas de dique, grúas para puerto, serruchos para cortar leña, telares, molinos de viento, relojes y lámparas de calle. Exportaron al país del zar caviar, alquitrán, cáñamo, salmón y lana. En Escandinavia drenaron pantanos, talaron bosques, construyeron canales y abrieron minas. En Inglaterra introdujeron el repollo y plantaron los primeros pinos. Por toda Europa holandeses enseñaban a los granjeros cómo hacer plantaciones que extrajeran la sal de la tierra ganada y cómo rotar los cultivos. Gran parte de la revolución agrícola inglesa en el siglo XVIII tiene sus comienzos en los Países Bajos.
El sistema de beneficencia funcionaba de manera admirable: en Holanda se hallaban los mejores orfanatos, geriátricos, hospitales y escuelas, en su mayoría sostenidos por fondos privados de las clases pudientes.
La veneración hacia el orden era total: las cárceles y el sistema penal eran sumamente eficientes, y el nivel de delito era uno de los más bajos.

Lecciones

Este gran episodio en la historia humana no se circunscribe solamente a los hechos, ideas y disquisiciones comentados aquí. Que se señalen los aspectos más salientes (muchos a modo de ejemplo) no quita que haya otros de magnitud equivalente. Tampoco son todos pastoriles ni representan mucho menos una realización paradisíaca concretada en virtud de cierta madurez arrogada. No debe olvidarse que Holanda era un país –como cualquier otro- gobernado por hombres comunes y la falibilidad inherente a ellos desembocó por momentos en excesos de autoridad por parte de su herramienta más peligrosa: el Estado. Abusos a menudo motorizados por un insuficiente límite al poder público o una amplia desconfianza de las amenazas exteriores. La religión, ideología e intereses de Estado sirvieron a ratos como coagulo para desestimar a los sujetos.
Aún con sus imperfecciones, el sistema holandés resultó el menos opresivo de su época. Entre los hombres de negocios también hubo quienes se aprovecharon del enorme atraso que el mundo tenía respecto a la concepción del hombre libre. El tráfico de esclavos perdura como una mancha inexcusable para cualquier tipo de sistema que pretenda la libertad y dignidad humanas.
La enseñanza que nos deja la época dorada de Holanda es que la riqueza no reposa tanto en los recursos naturales (no tenía muchos) ni en la cantidad de población (en su esplendor llegó a apenas 2 millones de habitantes). Francia e Inglaterra contaban con mayor cantidad de población y recursos que Holanda, y sin embargo no consiguieron semejante prosperidad hasta varias décadas después de su ocaso. Aún cuando Holanda llegó tarde a la cita de la Revolución Industrial, los demás países reconocieron la necesidad de reproducir algunas de sus recetas.
La experiencia de tal índole de libertad en esta pequeña región,, sirvió de incentivo para aquellos países que quisieran ponerse al día respecto a los cambios que se avecinaban en las estructuras productivas y políticas. A esta correspondencia se hizo imperativo el respeto a la propiedad privada y a las reglas de juego preestablecidas.
Tal vez no sea casualidad que los ingleses eligieran a la dinastía Orange para sellar su constitución mixta, la cual otorgaba amplias libertades y terminaba con siglos de luchas internas.
El siglo XVIII dio lugar al Iluminismo, que en medio del desmoronamiento del Antiguo Régimen la ciencia, arte y letras reverdecieron donde antes sólo hubo despotismo, estancamiento y expropiación. De todos modos dichos estigmas continuaron presentes en la historia europea hasta nuestros días, muchas veces revitalizados por corrientes radicalizadas que mancillaron cuanta proclama urdieran.
Como la lucha por la libertad es una lucha de todos los días, y aún cuando ésta se alcance la lucha sigue vigente, la libertad ha dependido en gran medida de reductos que la permitiesen. Partiendo desde Atenas hasta nuestra fecha rastreamos la dificultad que tuvo para darse y porqué cuando la libertad efectivamente se consagró estamos en condiciones de hablar de un milagro. En este sentido, el resultado más acabado de esta prosecución se dio con la Revolución Americana, aunque ninguno de los Padres fundadores podría negar la impronta inglesa, así como los ingleses tampoco deben desconocer huella holandesa.
Lord Acton (1843-1902) señaló que “La libertad no es un medio para un fin político superior. Es en sí misma el fin político máximo”.

3 comentarios:

Javier Bazán dijo...

Me gusto tú artículo. La experiencia holandesa creo la pone como ejemplo, Hayek. Con todo, todavía hay muchas personas que creen que con impuesto y burocracia viene la prosperidad. Hace poco intente explicarle a un democrata cristiano la experiencia de Hong-Kong, él me respondía que Chile y Hong-Kong eran distintos. El segundo sin recursos naturales y viven mejor que nosotros.
Allá los ciegos.
saludos

Marta Salazar dijo...

Bueno, le pondré un enlace en cuanto pueda -temáticamente-.

Ricardo López Göttig dijo...

Algo interesante que señalás, son los efectos no buscados ni deseados de la concepción calvinista para el desarrollo de la economía capitalista, algo que Max Weber remarca genialmente en su libro. Lo que Weber trataba de mostrar era que la "superestructura" -en donde los marxistas ubican a la ideología, la religión, la moral- influye en la "estructura", invirtiendo la hipótesis determinista de Karl Marx. Hacemos y actuamos de acuerdo a nuestra cultura, nuestros valores e ideas.